Subida al YELMO desde el Tranco (Circular)
Por Chimenea y descenso por la Umbría de Calderón.
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Esta ruta nos introduce de lleno en La Pedriza Anterior para rodear y coronar su icono más absoluto: El Yelmo. Aunque el macizo se extiende hacia La Pedriza Posterior y Las Torres, es este colosal domo de granito el que acapara todo el protagonismo del paisaje desde que echamos a andar.
Avanzar bajo las paredes de El Yelmo supone internarse en un laberinto de placas de adherencia, bloques y canalizos. Moverse por la base de este gigante exige atención y buena lectura de hito a hito, donde la orientación cuenta tanto como las piernas.
La rotundidad de la pared sur de El Yelmo contrasta además con la arbolada y fresca cara norte. Sus umbrías encajonadas y arroyos escondidos completan una experiencia de montaña salvaje, técnica y redonda.
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Desde el aparcamiento del Tranco, en pleno corazón de La Pedriza, iniciamos la ruta. Conviene recordar que este parking es pequeño y apenas cuenta con capacidad para poco más de veinte vehículos; si no se madruga bastante, resulta imposible encontrar sitio.
Echamos a andar retrocediendo unos metros hacia la rotonda de entrada. A nuestra izquierda dejamos el restaurante Julián y comenzamos a subir la cuesta pronunciada que parte tras él. Arriba del todo, una marca amarilla sobre la roca con el rótulo «YELMO» nos confirma el inicio del camino.
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Todo este primer tramo de ascensión discurre por la histórica Senda de las Carboneras, un trazado angosto que serpentea entre jaras y piornos desprendiendo un intenso aroma a monte mediterráneo.
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A lo largo del camino iremos salvando varias placas graníticas sin dificultad técnica apreciable, guiándonos en todo momento por las marcas de pintura blanca y amarilla.
Durante esta primera etapa da la sensación de alejarse de la trayectoria directa hacia la cima; no hay de qué preocuparse, ya que el trazado dibuja una amplia curva en forma de «C» de un kilómetro de recorrido. Al coronar el arco, la orientación recupera de inmediato el rumbo directo al objetivo.
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Al completar este giro alcanzamos un primer mirador natural que bien merece una breve pausa. Desviándonos unos pasos a la izquierda cruzamos una diminuta pradera para asomarnos a un pequeño vivac protegido por un enorme bloque, donde con un poco de suerte es habitual divisar los primeros ejemplares de cabra montés.
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Al ser todavía muy pronto para hacer una parada prolongada, retomamos el sendero para ganar altitud a buen ritmo. Frente a nosotros recortamos progresivamente el Risco de las Tres Puntas, mientras que al echar la mirada atrás contemplamos cómo la pequeña pradera y el fondo del valle van quedando definitivamente abajo.
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A medida que ganamos altura empezamos a disfrutar de la fauna más característica de la zona: a nuestra izquierda, recortados sobre las rocas, otean varios buitres, mientras que de frente, en la base del Risco de las Tres Puntas, un grupo de cabras monteses campa a sus anchas por el roquedo.
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Poco después nos aproximamos a un segundo vivac, mucho más amplio y estructurado que el de la primera pradera. Se ubica bajo un colosal bloque que destaca por una llamativa franja horizontal alargada a sus espaldas.
Su singular contorno recuerda a la cabeza de un gran cachalote asomándose sobre la piedra para divisar el horizonte; por ello, y salvo que alguien reclame su autoría previa, lo bautizamos como el «Vivac del Cachalote».
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Superado el segundo kilómetro desde El Tranco desemboncamos en la amplia pradera de la Gran Cañada. Una mole exenta en mitad del prado nos sirve de referencia para encauzar el ascenso. Desde lo alto de este bloque se divisa una panorámica magnífica del Canchal del Manzanares, el pueblo de Manzanares el Real y la superficie del embalse de Santillana.
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En este cruce abren varias trazas: la de la izquierda conduce hacia el Barranco de los Huertos y la de la derecha recorre transversalmente la pradera. Nosotros continuamos de frente con tendencia a la izquierda, tomando como referencia el Risco del Fraile para trazar una suave curva semicircular de unos 300 metros.
A apenas 100 metros del llano, camuflada entre la vegetación de la ladera, nos topamos con la Fuente de la Gran Cañada, un punto de agua clave que mantiene caudal constante salvo en periodos severos de sequía.
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Ganando altura sobre la fuente, la vista hacia atrás regala una perspectiva espectacular que abarca prácticamente todo el recorrido longitudinal de la Gran Cañada.
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Alcanzada la altura del Risco del Fraile (o del Beso), recortamos al este la inconfundible silueta del Elefantito. La pendiente no da tregua mientras afrontamos la subida previa al Risco de las Bellotas.
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Contemplamos las imponentes paredes del Risco de las Bellotas, trazado de exigentes vías de escalada como la Alba-Marina. En su base llama la atención una peculiar cavidad natural, aunque la mirada se desvía rápido hacia las numerosas cabras y crías que trepan por su cara este.
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Casi sin darlo cuenta nos plantamos en el Collado de la Encina. Hacia el sur se abre un mirador fabuloso sobre la meseta, mientras que al noreste emerge erguido nuestro gran objetivo: El Yelmo (o Peña del Diezmo), el domo más carismático y representativo de toda La Pedriza.
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En un visto y no visto nos plantamos al pie de las interminables paredes que conforman la impresionante cara Sur del Yelmo.
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Nos dirigimos primero hacia el Risco de la Fuente para comprobar si mana agua por su pequeño caño. Sin embargo, la fuente se encuentra parada y solo conserva el suelo húmedo con algo de agua estancada no apta para el consumo —explicación de que la pradera aún mantenga cierto verdor—.
Tras inspeccionar un gran vivac situado justo enfrente de este risco, continuamos recorriendo el llano en dirección noreste.
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A lo largo del trayecto encontramos nuevos vivacs y recibimos una grata sorpresa: la compañía de un vistoso grupo de caballos blancos, negros y castaños. A los chicos les llama la atención cruzarse con estos équidos pastando plácidamente en un entorno tan recogido y solitario.
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Alcanzamos el extremo opuesto de esta hermosa pradera, que se extiende a lo largo de casi un kilómetro de suroeste a noreste. Nos disponemos a rodear por su flanco este el Rompeolas —el imponente risco adosado al Yelmo— para ganar la cara Norte, donde se sitúa la vía de ascenso normal y más asequible al Diezmo.
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Esta cara es la elegida por la inmensa mayoría de montañeros para coronar la cumbre. En días concurridos suele formarse cola a la entrada de la famosa chimenea, ya que su estrechez obliga a franquearla estrictamente de uno en uno, ya sea en ascenso o descenso.
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Para alcanzar la hendidura es preciso superar primero unas trepadas sencillas de grado I donde apenas hay que apoyar las manos. Aunque algunos montañeros prefieren acometer las placas del lateral izquierdo, la vía central por el bloque empotrado resulta más resguardada y con menor sensación de vacío.
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Nos situamos al pie de la canal. A pesar de haber pocos excursionistas al principio, justo antes de ponernos en marcha se aproxima un grupo numeroso; así pues, armándonos de paciencia, aguardamos nuestro turno para entrar.
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A mitad de trazado nos topamos con una pareja que venía descendiendo; por suerte, a mitad de recorrido la fisura se ensancha ligeramente creando un pequeño nicho lateral que permite cruzarse sin sobresaltos. Tras el paso clave, la chimenea desemboca en la luz de la parte superior.
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¡Alcanzamos la meseta superior donde se ubica el vértice geodésico! Las panorámicas desde aquí son extraordinarias en todas direcciones.
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Recorremos la mole sumital explorando sus peculiares crestas redondeadas y caprichosas formaciones de granito, moldeadas tras milenios de erosión por el viento y el agua. La divertida trepada por la chimenea pone la guinda a la conquista de esta cumbre mítica.
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Esta cumbre no exige limitarse a ascender y ascender de forma continuada hasta alcanzar la cima; sin embargo, cuenta con un pequeño paso técnico en los últimos 25 metros de encajonamiento que suele hacer dudar a más de uno.
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Aquí tenéis la panorámica hacia el norte desde la cumbre de El Yelmo: justo bajo nuestros pies se extiende el collado de la Vistilla; por encima de él, en primer término, destaca toda La Pedriza Posterior y, cerrando el horizonte tras ella, la Cuerda Larga.
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Tras disfrutar un buen rato en la zona del vértice geodésico, llega el momento de emprender la bajada. Volvemos sobre nuestros pasos hacia la chimenea y la destrepamos de un tirón, esta vez completamente solos.
Por momentos da la impresión de que las grietas de las rocas se hubieran tragado a todos los excursionistas que andaban por allí, pues no nos cruzamos con nadie.
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Realizamos la subida y la bajada por el mismo trazado, ya que nos pareció el itinerario más accesible para alcanzar la base del acceso a la chimenea. Hay quien prefiere ascender por las placas de la izquierda o incluso evitar este barranquillo empezando a trepar más a la izquierda.
En cualquier caso, el uso de las manos resulta imprescindible en algún punto de esta subida. Al llegar a la base es cuando se debe decidir si encarar el paso de la chimenea o conformarse con alcanzar la falda de El Yelmo; no es un tramo difícil, pero sí requiere cierta destreza.
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Disfrutamos de una magnífica vista desde el pasadizo que encontramos en el camino. Ha llegado la hora de almorzar, de modo que, una vez finalizado el descenso, nos dirigimos hacia el collado de la Vistilla para atravesarlo.
No obstante, no puedo dejar pasar la oportunidad de mostraros la auténtica cara norte de El Yelmo.
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Aquí se encuentra la vía Pulpo Serrano, una de las escaladas más conocidas de esta pared, que discurre justo por la derecha de la hendidura vertical que se aprecia de abajo a arriba. Tras contemplarla, continuamos con nuestra ruta.
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Cruzamos el collado de la Vistilla y localizamos a nuestra izquierda una buena sombra junto a un vivac, un lugar repleto de rocas idóneas para parar a comer. A estas alturas lo tenemos bien merecido: sumamos ya cinco horas de marcha y son las 13:00 h.
Concluido el almuerzo, reanudamos la caminata. Aunque el trayecto restante es íntegramente en bajada, no supone un paseo sencillo: debemos descender casi 450 metros de desnivel en algo menos de 1,5 km.
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Antes de aproximarnos a La Maza, la cual rebasaremos por su flanco derecho, atravesamos un pequeño collado que nos descubre el Corral Ciego a la izquierda del roquedo, cuya portilla está custodiada por la Bola de San Antonio.
Señalo en la imagen la «Entrada al Corral Ciego» debido a que habitualmente no se accede desde este punto, sino viniendo desde el Jardín del Predicador, ubicado al otro lado de la portilla.
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Llegamos a la altura de La Maza; observando su imponente estructura desde esta perspectiva, jamás diríamos que esta gran mole corresponde a dicho paso.
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Estamos acostumbrados a contemplarla desde la distancia, pero su estampa más reconocible es precisamente esta que contemplamos una vez la dejamos atrás.
A esta altura, a nuestra derecha, podemos ver otros dos riscos de menor envergadura pero también bien conocidos: el Caimán y el Dedo de Dios de esta zona (ya que hay alguno más en La Pedriza; el más famoso Dedo de Dios se encuentra entre la 3.ª y 4.ª Torre).
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A mitad aproximadamente del descenso por la Umbría de Calderón hacia el Tolmo, tenemos a nuestra izquierda unas rocas que pueden proporcionaros un buen descanso y sombra; lo hemos marcado en el track.
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Creemos que merece la pena tenerlo en cuenta, no solo por la tregua del sol, sino también por las vistas que ofrece: ideales para deleitarse relajadamente a la sombrita.
Los adjetivos los ponéis vosotros; nosotros os invitamos a pulsar en la foto y ampliarla para apreciar algunos detalles de los principales riscos que se divisan desde esta ventana natural.
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El resto del descenso consiste en clavar la mirada en el famoso risco de El Tolmo, que es nuestro siguiente objetivo. Aun así, una mirada atrás todavía nos brinda estas magníficas vistas del Risco de la Maza.
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Ya estamos a los pies del Tolmo y contemplamos con perspectiva el camino recorrido.
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Al Tolmo solo lo miramos de reojo y nos enfilamos directos hacia la Fuente Carmina, apenas 100 metros más adelante. Allí el agua, el bien más preciado, brotaba generosa.
Nos refrescamos, llenamos cantimploras y aprovechamos para tomar alguna foto que no fuera solo de granito y más granito para relajarnos. Eran las 15:30 h, una hora aceptable, pero el calor apretaba.
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Aceleramos el paso aprovechando que ya llaneamos por el Cordel del Ortigal, un sendero distinto al del otro lado del puente en el que apenas disponemos de sombra.
Transitamos bastante cerca del Arroyo de la Ventana, por su margen izquierdo, hasta alcanzar la pradera donde se sitúa el risco del Cerdito.
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Unos metros antes de llegar al Cerdito, tomamos un desvío hacia la izquierda para cruzar al otro lado del Arroyo de la Ventana. En este paso suele pasar desapercibida una minúscula fuente (si ampliáis las fotos, ¡seguro que la descubrís!).
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Llegamos al Puente de los Barracones, el cual cruzamos para subir hacia uno de los bares del aparcamiento de Canto Cochino. A la sombra nos tomamos un refresco que nos supo a gloria tras el esfuerzo.
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Levantamos el campamento para afrontar los últimos 2 kilómetros recorriendo la Garganta de la Camorza, un paraje que seguro estará concurrido con gente disfrutando de sus pozas. Antes, regalamos una última mirada a la gran cumbre del día contemplada desde su cara suroeste.
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Ahora sí nos adentramos en la Garganta de la Camorza, dejando a nuestra derecha el risco de La Foca presidiendo el embalse y un original chiringuito al pie de las pozas (que no siempre se encuentra abierto).
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Tal y como preveíamos, las pozas estaban a reventar de gente aprovechando las infinitas rocas lisas repartidas a lo largo de más de un kilómetro. Encontramos un pequeño resquicio entre la arbolada para disfrutar de un último descanso, remojarnos los pies y tomar un tentempié.
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Con esto damos por finalizada una ruta completísima como broche de oro a la carismática cumbre del Yelmo.
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